Las palabras me llaman desde siempre.
Me dicen episodios tan cerrados
que nublan el presente de mis lapsos.
Intentaba y soñaba sin saber de qué sirven,
como otros sueñan cuerpos o motores.
Íbamos a afiliarnos:
yo les buscaba un molde y ellas, mi
trayectoria.
Pero ya muchas veces se cansan de esperarme,
de hacer cola en mi tiempo cuando todo
acelera;
de postergar lo que es irrevocable.
Pero es que son cansadas, fementidas;
y tienen muchas caras, sonidos y valores.
Y es tanto lo que pesan.
Y brota uno ya entre las costumbres,
los géneros, las modas, la sintaxis.
Pensar en algo nuevo es inexacto.
Pensar en algo cierto,
algo que nos regale lo que somos
(o fuimos)
es tasada quimera.
Pero, al fin de un pasillo, como un fantasma
cojo,
me siguieron llamando.